March 14, 2026
Según la neurociencia, ¿qué le sucede a nuestro cerebro cuando oramos o meditamos?

 – La nación
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Según la neurociencia, ¿qué le sucede a nuestro cerebro cuando oramos o meditamos? – La nación

Juana de Arco escuchó voces divinas que guiaban sus pasos en la batalla. Santa Teresa de Jesús describió éxtasis místicos que la dejaban paralizada. Durante siglos, estas experiencias han sido clasificadas no sólo en el ámbito de la fe y el dogma, sino también en el ámbito de la ciencia moderna. ha decidido mirar hacia el abismo del misticismo con una herramienta mucho más terrenal: escáneres cerebrales.

Tiene su ciencia. Se llama neuroteología y es una disciplina que recién está surgiendo, aunque no está exenta de controversia. Su objetivo no es demostrar la existencia de Dios como tal, sino descifrar los circuitos neuronales que se encienden cuando las personas intentan comunicarse con él.

Las “Neuronas de Dios”. En su último libro “Las neuronas de Dios”El biólogo e investigador Diego Golombek propone una hipótesis fascinante para las situaciones más místicas. Sugieren que muchas de las visiones y experiencias espirituales extremas documentadas por personajes que han pasado a la historia podrían ser así estrechamente relacionado con los fenómenos neurológicos como la epilepsia del lóbulo temporal.

Según Golombek, estas tormentas eléctricas en el cerebro activan regiones asociadas a emociones intensas y percepciones alteradas, creando una experiencia que el sujeto interpreta como un contacto directo con la divinidad. Sin embargo, la pregunta aquí es si existe un “botón de Dios” en el cerebro o un área que se activa cuando nos concentramos en nuestra espiritualidad. La respuesta corta aquí es no.

¿Qué se supo? Durante años se ha especulado sobre la existencia de un “módulo cerebral” exclusivamente divino, pero estudios clásicos, como el realizado en 2006 por el neurocientífico Mario Beauregard con monjas carmelitas, refutan esta idea.

Para demostrarlo, presentó a las monjas en dispositivos de resonancia magnética funcional y le pidió que reviviera sus experiencias místicas más profundas. Aquí, los resultados mostraron que no existe una única “zona divina”, sino que la oración moviliza una red compleja y extensa que incluye el núcleo caudado, la ínsula y el lóbulo parietal. Por lo tanto, neurológicamente hablando, Dios es un esfuerzo de equipo.

El verdadero efecto. Más allá del debate sobre el origen de las visiones, la neuroteología ha encontrado un terreno muy fértil en la psiquiatría y la salud mental. Andrew B. Newberg, uno de los pioneros mundiales en este campo y autor de “Fundamentos de Neuroteología”, documentado durante décadas Cómo las prácticas religiosas y la meditación cambian físicamente nuestra materia gris.

En estudios recientes del mismo 2025, el equipo de Newberg analizó las aplicaciones prácticas de la neuroteología en la psiquiatría integrativa. Los resultados son reveladores, ya que las personas con una práctica religiosa o espiritual constante muestran una asociación significativa con niveles más bajos de depresión, ansiedad y un mejor bienestar general.

¿Porque? Al orar o meditar regularmente, además de cambios en la ínsula, hay una activación sostenida en áreas como la corteza prefrontal, responsable de la atención y la toma de decisiones, lo que sugiere que estas prácticas tienen un efecto protector sobre la salud mental. Para autores como Newberg o el propio Víctor Páramo Valero, estos datos rechazan explicaciones puramente materialistas y reduccionistas, ya que la neurociencia no niega a Dios, sino que explica cómo nuestro cerebro está equipado para procesar la espiritualidad.

Hay controversia. No todo en neuroteología es un paseo por el parque, ya que también hay muchos puntos de crítica. Un ejemplo de ello es el investigador Javier Bernácer, que advierte del peligro de confundir correlación con causalidad. Entonces, el hecho de que áreas del cerebro se iluminen en un escáner mientras alguien está orando no prueba que la oración sea la única causa de esta activación. Señala que gran parte de las neuroimágenes actuales proporcionan “anécdotas más que evidencia definitiva” y pide que la disciplina adopte estudios controlados para descartar sesgos cognitivos.

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